
Del kit dulce tradicional a la “innovación” con ajo, mientras se apagan el romo, la música y las despedidas pintorescas en carretera
San Francisco de Macorís/Jose Valdez, La Semana Santa en República Dominicana siempre ha sido una mezcla curiosa entre recogimiento espiritual, escapadas playeras y tradiciones que, aunque a veces exageradas, formaban parte del sabor criollo.
Pero este 2026 parece que alguien en el gobierno dijo: “vamos a innovar”… y terminó metiéndole ajo a las habichuelas con dulce.
Sí, porque si antes lo que se veía era el famoso kit de habichuelas con dulce con su leche, su azúcar, su canela y sus galleticas ahora la gente anda preguntando si en la funda también viene el ajo “por si acaso”. Un giro gastronómico que tiene a más de uno mirando el caldero con desconfianza.
Porque una cosa es ayudar al pueblo… y otra muy distinta es ponerlo a inventar con una receta que es prácticamente patrimonio emocional del dominicano. La abuela no enseñó eso, ni el recetario nacional lo avala.
Y por ahí mismo, según me contaron como chisme de patio que no falla a un alto funcionario se le ocurrió desmontarse en su zona con un saco de ajo en mano, muy sonriente, listo para “innovar” con su gente… pero la recepción no fue precisamente dulce.
Dicen que la gente no lo recibió con cucharas, sino con reclamos, dejándole claro que con la habichuela no se juega.
El hombre, entre miradas incómodas y comentarios picantes, tuvo que recoger su saco de ajo y retirarse más rápido de lo que llegó, entendiendo que hay tradiciones que no se tocan.
Pero no solo cambiaron las habichuelas. También se esfumó ese otro clásico de la Semana Santa: la despedida “alegre” de los vacacionistas.
Antes, salir de la ciudad era casi una actividad turística en sí misma. En las principales salidas, especialmente rumbo a Nagua, el ambiente era de fiesta música a todo volumen, políticos sonrientes, y una mesa improvisada donde no faltaba el romo, el refresco y cualquier picadera que apareciera.
Aquello no era un operativo… era un bonche oficial.
Y si el tapón estaba fuerte, mejor todavía, porque daba tiempo a bajarse del vehículo, saludar, darse un trago, y hasta mojarse. Sí, porque hubo tiempos y el que lo vivió lo sabe donde hasta piscinas se instalaban en plena salida, como si la carretera fuera un resort improvisado.
Hoy en día, usted sale y lo que encuentra es un operativo serio: conos, agentes, instrucciones, y una calma que raya en lo sospechoso.
Nadie brinda, nadie baila, nadie te dice “llévate esto para el camino”. Todo correcto… pero sin sazón se cambió el romo por la prudencia, la música por el silencio y la piscina por el paso regulado.
Y claro, no es que la seguridad esté mal eso siempre suma, pero tampoco se puede negar que se ha perdido ese toque pintoresco, ese desorden organizado que hacía de la Semana Santa dominicana algo único.
Ahora tenemos una versión más institucional… y unas habichuelas que, con ese toque de ajo, parecen estar en campaña también.
Al final, el dominicano se adapta a todo. Se come lo que aparezca, viaja como pueda y goza con lo que haya. Pero que quede claro: hay tradiciones que no se negocian.
Porque si seguimos así, lo próximo será preguntarnos si la habichuela con dulce lleva azúcar… o sazón completo. Y ahí sí se arma el verdadero debate nacional.
