
San Francisco De Macorís/ José Valdez, En estos tiempos modernos donde la crítica abunda más que el compromiso, no deja de sorprender la actitud de muchos que levantan la voz para cuestionar a los artistas urbanos los llamados demboseros incluidos en la cartelera de las fiestas patronales.
Lo curioso es que, aun trayéndoles una cartelera repleta de los merengueros más emblemáticos de las décadas pasadas, muchos de esos mismos críticos ni siquiera pisarían el Estadio Julián Javier.
La verdad es una sola: la música urbana, el dembow, el reguetón, es hoy el lenguaje de la juventud, de la clase media baja, del pueblo que es ese público que históricamente ha llenado las patronales, generación tras generación. No es una moda pasajera ni una rebeldía vacía; es la manifestación de un cambio social y cultural que ya no pide permiso.
Hablemos claro: los merengues de los años 80, tan defendidos hoy por quienes critican lo urbano, también estaban cargados de letras con doble sentido. Pero en aquel entonces, se aceptaban porque lo interpretaban quienes eran “aprobados” por las élites.
El verdadero problema aquí no es el contenido de las canciones, sino que ya no se puede mantener esa división entre el pueblo y los que se creen dueños del buen gusto antes, había dos fiestas la del pueblo, con artistas populares muchas veces marginados, y la de los “ricos”, con galas, reinas elegidas por estatus social y exclusividad.
¿Y ahora? Ahora que el pueblo está en la tarima y en el público, molesta ver que ya no son unos pocos los que deciden por eso, basta ya de doble moral si lo que quieren es glamour, luces de salón y artistas de élite, háganse sus propias fiestas, como lo hacían antes, en círculos cerrados.
Pero no pretendan que el pueblo renuncie a lo que le gusta, a lo que le representa, ni a quienes durante todo el año apenas tienen espacios de disfrute porque las fiestas patronales no son para las élites, son del pueblo y para el pueblo. Y el pueblo ha elegido su ritmo.