
Las cúpulas opositoras superan los 65 años y mantienen el control interno, mientras el PRM proyecta figuras presidenciales más jóvenes
San Francisco de Macorís/Jose Valdez La política dominicana vive un momento determinante donde el relevo generacional no es un lujo, sino una necesidad. Sin embargo, mientras el país avanza y una nueva generación que exige participación real, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y la Fuerza del Pueblo (FP) parecen caminar en dirección contraria, aferrados a los mismos liderazgos que han dominado la escena política durante décadas.
No se trata de una crítica a la experiencia la experiencia suma. Pero cuando los principales puestos de dirección están ocupados por figuras que superan los 65 años y que han sido protagonistas desde el siglo pasado, la pregunta es inevitable ¿dónde está el relevo?
En el PLD, las decisiones estratégicas continúan bajo el control de su vieja guardia. En la Fuerza del Pueblo ocurre algo similar. Su principal liderazgo ha estado presente en procesos electorales desde el pasado milenio. Sí, hablamos literalmente de dos siglos finales del siglo 20 y todo lo que va del siglo 21. Más de 30 años en la boleta presidencial no son una casualidad, son una señal clara de estancamiento generacional.
El problema no es la edad biológica, sino la edad política. Cuando los mismos nombres ocupan los mismos espacios durante décadas, el mensaje hacia la juventud es contundente: “esperen su turno”, aunque ese turno nunca llegue.
Mientras tanto, el Partido Revolucionario Moderno (PRM), con todas sus virtudes y defectos propios de ser partido de gobierno, ha mostrado una dinámica distinta. Es la única organización mayoritaria donde se observa una competencia interna con figuras presidenciales por debajo de los 50 años y con aspirantes que no pertenecen a las estructuras tradicionales del poder político dominicano.
Esa diferencia marca una brecha clara. En la oposición predominan los liderazgos históricos; en el oficialismo se percibe una apertura mayor hacia nuevas generaciones. Y en política, la percepción pesa tanto como la realidad.
La juventud dominicana no piensa igual que hace 30 años. Vive en la era digital, consume información en redes sociales, exige transparencia y resultados rápidos. Un liderazgo que no se adapta a esa realidad corre el riesgo de quedarse desconectado del electorado emergente.
PLD y Fuerza del Pueblo parecen cometer el mismo error estratégico: cerrar el paso al relevo natural. Cuando una organización política no permite que nuevas figuras asciendan con fuerza propia, termina dependiendo eternamente de los mismos rostros. Y el desgaste, tarde o temprano, se refleja en las urnas.
No es casual que muchos jóvenes talentosos dentro de esos partidos no logren posiciones determinantes. Permanecen como coordinadores, dirigentes medios o figuras decorativas en campañas, pero no como tomadores de decisiones reales.
En contraste, el PRM ha permitido que nuevas figuras ocupen ministerios, direcciones y espacios de liderazgo con menor edad promedio que las cúpulas opositoras. Esa renovación no significa perfección, pero sí demuestra una intención de adaptación generacional.
La política dominicana no puede seguir girando alrededor de liderazgos eternos. El país necesita transición, renovación y competencia interna real. Cuando un partido depende exclusivamente de figuras históricas, corre el riesgo de convertirse en un proyecto personal más que en una institución moderna.
La historia política demuestra que las organizaciones que no se reinventan terminan reducidas a recuerdos. El relevo no debilita, fortalece. La apertura no fragmenta, oxigena.
Hoy la pregunta no es quién tiene más experiencia, sino quién está dispuesto a ceder espacio para que la próxima generación construya el futuro. Porque en política, como en la vida, todo tiene su tiempo. Y el tiempo no se detiene.